Hace ya un tiempo, cuando daba mis primeros pasos en mi proyecto
de investigación "Teoría y Práctica
en la Producción Teatral Contemporánea",
me planteaba algunas preguntas muy generales:
· "¿Necesita la actividad teatral como
práctica artística nutrirse de los aportes de la
teoría?"
· "¿Es tan clara la división entre
teoría y práctica teatral?"
· "¿Los teatristas, acaso, en nuestro quehacer,
no generamos conocimiento?"
· "¿Qué saberes nos hacen falta
para construir nuestro teatro, para sostenernos frente a los vientos
del azar y de la historia?"
· "¿Quiénes detentan el saber teatral?
¿Los teatristas? ¿Los estudiosos del teatro? ¿Aquéllos
que han logrado conciliar la esfera práctica con la teórica?"
Debo confesar que ahora, después de haber recorrido una
parte del camino, no me encuentro en condiciones mucho más
favorables. He encontrado, sí, algunas pistas y algunos
senderos interesantes para recorrer. Y los objetivos que me propongo
en esta entrega son muy humildes: compartir con ustedes esas preguntas
y otras nuevas, y utilizarlos como compañeros de ruta.
Sólo sé que no sé nada
Por supuesto que las preguntas que enunciaba más arriba
no son recientes, sino que me acompañan desde siempre,
es decir, desde hace algo más de veinte años, que
es el tiempo que llevo "haciendo teatro" como actor.
Y parecería que este horizonte de incertidumbre no es
una problemática individual, sino más bien la condición
del actor occidental.
Al respecto, transcribo un pasaje de un texto de Fernando
Taviani, que me impactó cuando lo leyera hace ya unos
cuantos años:
" 'Cultura' significa la posibilidad de recibir y de explotar
un patrimonio del pasado para transformarlo. Esto quiere decir
ser capaz de construir, de añadir, sin deber recomenzar
de cero sin cesar.
En el teatro occidental esta posibilidad es rechazada por el actor,
no está reservada más que a la escenografía
y al texto dramático.
Las culturas hindú, japonesa o china, han establecido reglas
sobre las que es posible alinearse o a las que es posible oponerse.
La existencia de esta nomenclatura detallada y la formulación
de estas reglas son importantes, no porque ellas provean normas
sino porque permiten un 'discurso articulado' sobre el actor.
El discurso sobre el actor, en Occidente, ha quedado siempre
inarticulado. Balbuceos críticos e imágenes y
términos vagos han reemplazado un vocabulario preciso.
(...) El único 'discurso' verdadero sobre el actor, presente
en la cultura occidental, es el que opone la 'técnica
de la identificación' a la de la 'distanciación'
(Verfremdung), y aún... Se trata de una oposición
que ha creado muchos equívocos, que no permite una distinción
precisa en el interior del campo concreto del trabajo del actor
y que, ante todo, tiene raíces en problemas extraños
al ámbito del actor. Nació, con Diderot y los
otros filósofos del siglo XVIII, de una problemática
filosófica que, en realidad, no tomaba al actor más
que como un ejemplo."
¿Quiénes detentan el "saber" teatral?
Sería interesante profundizar en la historia del teatro
-y probablemente muchos de los lectores ya lo habrán hecho-
para encontrar las razones por las que no ha sido posible la construcción
en Occidente de esa 'cultura' del actor de la que habla Taviani.
Seguramente tendrá algo que ver en esto la duplicidad
del fenómeno teatral. Su parentesco con la literatura como
género dramático desdibujó durante
mucho tiempo su carácter de arte del espectáculo,
provocando las confusiones que todos conocemos y que la semiótica
del teatro se empeña desde hace algunas décadas
en dilucidar.
En su reconstrucción de la historia del teatro y de la
puesta en escena entre 1880 y 1980, Jean-Jacques Roubine
explica cómo comienza en el siglo XVII una tradición
de "sacralización" del texto dramático,
que marcaría al espectáculo occidental -especialmente
al francés- durante mucho tiempo. Junto a la aparición
de este "textocentrismo" se produce una especialización
y una jerarquización de las profesiones teatrales, cuyo
relativo reconocimiento social "determinará el
prestigio, la posición de poder y la remuneración
de unos y otros". Al tope de todas, en la posición
de mayor prestigio, encontramos al dramaturgo, y luego al actor
o actriz "vedette". El director sólo alcanzará
una posición dominante en el siglo XX. En cuanto a los
actores y las actrices "del montón", aquellos/as
que no son "estrellas", su rol era subordinado,
y mal puede decirse que su oficio se considerara un "arte".
Así es que en la puja entre teatrólogos y teatristas
en cuanto a la posesión del saber teatral, los segundos
parecen haber empezado a imponerse muy recientemente. Se lamenta
Eugenio Barba en La Canoa de Papel:
"¿Quién presume de indagar
la historia y la teoría de la música sin siquiera
conocer el abecé del piano?
Lo que en nuestra cultura ha bloqueado muchas
veces el conocimiento sobre el actor ha sido la presunción
de saber.
Críticos, teatrólogos, teóricos y hasta filósofos
como Hegel o Sartre han intentado interpretar los procesos creativos
de los actores partiendo del presupuesto de saber de qué
hablaban. En realidad subyacían (sic) a su etnocentrismo
de espectadores. A menudo imaginaban un proceso que era sólo
una proyección engañosa a posteriori de los efectos
obtenidos por los actores en las mentes de sus espectadores.
Se basaron en conjeturas, testimonios fragmentados, impresiones
de espectador. Intentaban hacer ciencia de algo de lo cual observaban
el resultado, sin conocer su aspecto complementario: la lógica
del proceso. Hablaban y escribían de un proceso imaginario
como en una descripción científica basada en datos
empíricos. (...)
En la época de Sainte-Albine y Diderot fue la mecánica
de las pasiones; en la época de Archer, la sicología;
luego el psicoanálisis; en la época de los brechtianos,
la contradicción entre el idealismo y el materialismo en
las ciencias históricas y sociales; luego la semiología
o la antropología cultural.(...)
Cuando se trata de actores, se ama habitualmente proceder
como aquellos profesores que preferían escrutar el cielo
en libros clásicos y prestigiosos en lugar de hacerlo
a través del tosco instrumento fabricado por Galileo."
La otra campana: el rechazo de la teoría
En un artículo publicado en 2000, Josette Féral
-reconocida investigadora teatral de la Universidad de Québec
en Montreal- desarrolla el tema del temor y la desconfianza
que provoca la teoría en el dominio del teatro: los teatristas,
opina Féral, parecen no encontrar una utilidad inmediata
para su práctica en las elaboraciones sofisticadas de los
teóricos. ¿Por qué harían los teatristas
"el esfuerzo de entrar a esos sistemas de construcciones
complejas que por cierto explican -parcialmente al menos- la obra
acabada pero que se muestran a menudo impotente para hablar de
la obra en gestación", se pregunta. Y concluye:
"Ese problema sigue sin solución, todavía
hoy".
Algunas razones que según la autora contribuyen al divorcio
entre los teatristas y la teoría teatral:
1) Se trata de un conocimiento que no se adquiere
sin dificultad. Féral compara a las teorías
con fortalezas fuertemente defendidas: "...toda una red
de palabras, conceptos, estructuras, modos de pensar, algunas
veces oscuros, en donde el profano tiene alguna dificultad en
aventurarse sin una guía. La entrada a la fortaleza se
hace a costa de grandes esfuerzos. El precio del esfuerzo consentido
no se mide siempre por el resultado eficaz obtenido una vez allí."
2) No se trata de "dominar" una
teoría, sino una multiplicidad de campos teóricos,
que además evolucionan constantemente; se trata de una
tarea que no tiene fin: "Además, numerosas fortalezas
coexisten sin que sea posible hacer fáciles los pasajes
de la una a la otra. El camino que conduce a cada una de ellas
es único, largo y a menudo arduo. El esfuerzo es incesante;
hay que recomenzar siempre según sea la aproximación
elegida y la ciudadela que uno quiere penetrar."
3) El rechazo de la teoría "se beneficia del prejuicio",
siempre existente en nuestra sociedad, "por las construcciones
del pensamiento." Podríamos agregar, de nuestra
cosecha, que este prejuicio ha sido muy marcado en toda una generación
de teatristas, para muchos de los cuales "el intelecto
mata la emoción". Esta postura ha encontrado en
algunos casos su fundamento en la afirmación muchas veces
repetida por un mal comprendido Stanislavski: "Para
nosotros [los teatristas] comprender significa sentir".
En referencia a esto, José Luis Valenzuela ha hablado
de la "ideología expresivista" predominante
en algunos círculos teatrales; los actores, especialmente,
deberían esforzarse por proteger el bagaje sagrado de sus
emociones y sus vivencias, siguiendo los dictados del paradigma
"psicologista" de actuación de Stanislavski
- Strasberg.
La teoría y la práctica: ¿finalmente
amigas, o sigue la discusión?
Según Féral, las nuevas condiciones epistemológicas
nos harían pensar en una superación de la tradicional
dicotomía entre teoría y práctica: con la
disolución de las teorías "fuertes"
(Vattimo) y la emergencia de prácticas que a menudo
se basan en reflexiones teóricas de importancia (Mnouchkine,
Wilson, Kantor, Brook), los límites
se habrían vuelto más y más "porosos"
(sic).
Dice Féral al respecto, que "la pregunta
sobre la preexistencia de la teoría en relación
a la práctica o de la práctica en relación
a la teoría es un falso problema, puesto se tata de un
paso idéntico con un objetivo final: comprender, traducir,
comunicar."
Sin embargo, recientes trabajos de, por ejemplo, Jorge Dubatti
nos hacen percibir que la polémica sigue en pie.
En El teatro jeroglífico, Dubatti plantea
en forma explícita sus reparos al cientificismo académico
y su discurso hegemónico. Allí manifiesta la necesidad
de un "regreso al teatro" para construir un saber
que vaya más allá de los manuales y tratados teóricos
sobre teatro -escritos por los "teatrólogos"-
y que vuelva su mirada a la palabra de los teatristas y a la experiencia
del espectador; para poder "pensar desde la pasión
del espectador con la ayuda de los teatristas que reflexionan
sobre sus prácticas."
Dice Dubatti:
"Hay en la ideología estética
que se desprende de las prácticas y de las palabras de
los creadores un saber primordial y una frecuentación familiar
con el objeto de nuestro estudio muchas veces ausente en las páginas
de los teóricos: volvamos, entonces, a ese saber sobre
lo teatral que, en algunos casos, se ha configurado en libro,
ensayo, artículo, nota o manifiesto."
¿Y por casa cómo andamos?
Sentimos que este artículo está alcanzando una
extensión que reclama que vayamos llegando al final. ¡Y
la hora del cierre de esta edición se aproxima inexorablemente!
Tal como anticipáramos más arriba, no intentamos
agotar la cuestión ni arribar a conclusiones, sino simplemente
plantear el problema, y tal vez contribuir con ello a abrir un
espacio para la discusión.
Quisiéramos finalizar con una breve reflexión
sobre lo que acontece en Salta, Argentina, lugar
donde habitamos.
Al mismo tiempo que constatamos que en otras geografías
la producción teórica de los propios teatristas
adquiere una importancia cada vez mayor dentro del campo teatral,
dicha actividad es casi inexistente en nuestro medio. No existen
en Salta canales que propicien la publicación, circulación
y recepción de textos teóricos donde se plasme la
reflexión sobre nuestra práctica.
Intuimos que la situación no debe ser muy diferente en
el resto del interior del país. (Si revisamos la lista
que hace Dubatti de los teatristas "de nuestro
medio" que han plasmado su experiencia en diferentes
escritos, vemos que en todos los casos realizan su actividad teatral
en Buenos Aires: Serrano, Pavlosvsky, Ure,
Kartun, Breyer, Briski, Bartis, Gambaro,
Veronese, Spregelburd).
Es por eso que no puede dejar de alegrarnos la aparición
de espacios como (didascalia escénica) para la reflexión
sobre la teoría y la práctica teatral. Espacios
donde podamos ampliar nuestra experiencia de habitantes del teatro
como práctica cultural. Recordando que una práctica
cultural es, ante todo, "el lugar en el que se articulan,
se deshacen y se rehacen las relaciones entre los hombres."
Las citas han sido extraídas
de las siguientes fuentes:
· Barba, Eugenio, 1999:
La canoa de papel. Catálogos, Buenos Aires, p. 75.
· Dubatti, J., 2000: El teatro jeroglífico. Atuel,
Buenos aires, pp. 19-20.
· Féral, Josette , 2000: "¿Qué
puede (o quiere) la teoría del teatro. La teoría
como traducción.", en TEATRO XXI, Revista del GETEA,
Facultad de Filosofía y Letras, UBA, Año VI,
Número 11, Primavera de 2000, pp. 10-18.
· Roubine, J,1998: A Linguagem da Encenacao Teatral. Jorge
Zahar Editor, Rio de Janeiro, pp. 45-46.
· Taviani, F., 1983: "Postfacio" en: Barba, Eugenio,
Las islas flotantes. México, UNAM, pp. 190-191.)
· Valenzuela, José Luis, 2000: Antropología
teatral y acciones físicas. Buenos Aires, Instituto Nacional
del Teatro, pp. 14-15.
(La última cita pertenece
a un trabajo de Hernán Ulm, director de este proyecto de
investigación: "De Foucault a Chartier: en torno a
la actualidad y la cultura". En: Cuadernos de Humanidades
N° 14, Universidad Nacional de Salta, 2003.)
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