¿Puede
permitirse el flamenco niveles de experimentación que comprometan
las formas estructurales de su lenguaje?
"Bésame el Cactus" se llama la obra creada e interpretada por
la artista española Sol Picó, presentada en el IV Festival
Internacional de Teatro de Buenos Aires. En la puesta, se hace "uso"
del flamenco de una forma bastante peculiar: la intérprete baila por
tangos en zapatillas de punta.
Arrebato, desmesura,
desborde; y todos los hijos que se nos ocurran de los sustantivos de
la pasión, ayudan a pintar este cuadro verborrágico -porque
el cuerpo y el movimiento también pueden ser verborrágicos,
desbordados de textualidad - llamado "Bésame el Cactus".
Emociones expuestas en el campo escénico -campo de batalla- donde
el honor vale mucho más que el miedo, y no se deja intimidar
por ningún pudor. "Lo que deba ser, será"
pareciera dictar la sentencia asumida por esta mujer, "...que
se adentra en un territorio de pinchos, espejismos y demás trampas
mortales... donde cada acto vital supondrá un nuevo riesgo..."
Pero, ¿tiene otras opciones? No, no las tiene; aunque sí
tiene, y no es poca cosa, la posibilidad de mostrar su fragilidad: "¿Alguien
quisiera quemarse conmigo?", pregunta la heroína con
voz trémula.
Si tuviésemos
que inscribir esta obra en algún género, en realidad,
deberíamos aludir a la esfera híbrida y compleja de las
artes escénicas, conformada por el entrecruzamiento de
diferentes lenguajes que, si bien pueden mencionarse uno a uno a los
fines del análisis, al momento de ver la obra forman un todo
irreductible. De estos lenguajes y técnicas, podemos nombrar
a la danza clásica, la danza contemporánea, el flamenco,
el teatro, la técnica del clown; entre otros. Estos códigos
están tomados como insumos y herramientas, pero también
como los argumentos y sentidos que circulan y construyen "Bésame
el Cactus". Son lenguajes, pero no en el sentido instrumental
del término, no son exclusivamente tecnologías 'utilizadas'
para construir otra cosa, son también los significados, o más
bien, los significantes que se constituyen como sentidos en sí
mismos: en este caso, tanto la danza clásica como el flamenco,
están puestos en el lugar de los argumentos. Qué quiere
contar una mujer que, anclada en sus zapatillas
de
punta y su tutú, con una venda sobre sus ojos, se adentra en
un jardín de cactus y "ejecuta una coreografía"
reconocida en los movimientos de la danza clásica que se instituye
como la prueba de sortear las espinas. ¿Por qué bailar
en zapatillas de punta en medio de los cactus? ¿Qué hay
más allá de la evidencia formal? En este momento, sumamente
poético, de una estética visual realmente bella, la mujer
habla de sí misma en relación con los "supuestos
peligros" que hay que enfrentar, a ciegas, sin abandonar la dignidad.
Pero, quizá, también hable la danza de sí misma,
de su lenguaje como un código que a la intérprete se le
presenta bajo las percepciones de una experiencia de enajenación,
que la enfrenta a las posibilidades del dolor, como un mandato extremadamente
riguroso y disciplinar. Un juego de tensión interesante que pone
en relación una técnica de baile determinada y un contexto
escenográfico (el jardín de cactus) que no pertenece al
universo de ese lenguaje, y que por esa contradicción, lo desestructura
produciendo sentidos contrapuestos.
En el caso del
flamenco, también podemos referirnos al trastocamiento de sus
aspectos formales y a la emancipación respecto de su rol instrumental
de código usado en función de otros argumentos. Podríamos
decir que aparece como una técnica enrarecida en su apariencia
formal (la intérprete baila por tangos en zapatillas de punta)
pero intacta en su contenido pasional.
No es casual que
la secuencia de flamenco sea la última escena de la obra. En
el momento en que ya no quedan estrategias, ni trucos, ni ningún
otro intento fallido de la protagonista por agradar a su público
-porque "Bésame el cactus" es, ni más
ni menos que la demostración continua de un afecto en busca de
su correspondencia; la interpelación al otro para hacerlo cómplice
de la propia desesperación- aparece la danza flamenca con su
impronta introspectiva, cansina, sufrida... Atributos de un baile que
pareciera representar, en cierta forma, la condición de lo verdadero,
de las emociones más descarnadas.
Decíamos
que, el baile flamenco llega en el momento justo, el momento en el que
la protagonista ya ha transitado por varios lugares y se ha enfrentado
a muchos de sus temores. Entonces, abatida, se deja y se abandona a
esta danza como si fuera atravesada por ella, en este sentido se refuerza
la idea de su carácter de verosimilitud, el cuerpo habla como
una suerte de medium, y por eso, porque sólo es mediación,
la subjetividad se borra y aparece la misma danza, el mismo lenguaje
hablando de sí mismo. Esta escena, de extrema sinceridad y profunda
belleza, deja a la platea absolutamente conmovida. La intérprete
baila flamenco en zapatillas de punta y lo hace de una manera indiscutiblemente
flamenca.
Podría decirse,
entonces, que el núcleo de significaciones que construye el universo
de un lenguaje puede trascender los estereotipos de sus formas.
Con un sentido del
humor muy particular, que predomina a lo largo de toda la obra, Sol
Picó habla del amor, el desamor, lo femenino, la soledad,
la fragilidad, los temores; entre otros delicados asuntos. Esta "mujerbicho"
-así define al personaje el programa de mano- transita por los
lugares extremos, merodea los bordes de lo desconocido, los tienta,
agotando sus recursos, pretendiendo ganarle terreno a ese mundo que
se desconoce, pero que se intuye como posible.
Una mujer armada
y desarmada a la vez, que se presenta sí misma como la antiheroína.
Una mujer que habla
de su desesperación, de la urgencia de su deseo, interpelando
a esa masa indefinida de espectadores que la observan. Último
esfuerzo de bufón herido.
Una mujer que se
asume protagonista de una escena fallida, batalla perdida de antemano,
pero batalla a dar, de todos modos, con la misma intensidad, aunque
se sepa con certeza que al final, hagas lo que hagas, como dice la amiga
Julieta, "siempre lloverán tomates del cielo".
Entrevista
a Sol Picó
- ¿Quiénes fueron tus maestros?¿Cómo
fue el recorrido de una formación profesional tan diversa?
- Empecé
estudiando la carrera de danza clásica en mi pueblo, Alcoy,
paralelamente a la de flamenco, con una auténtica maestra que
ya me introdujo de lleno en el mundo de la sensibilidad del clásico
y el rigor... Imagino que como era muy joven, me caló bien hondo.
A partir de ahí, Barcelona, París, Madrid...
estudiando todas las técnicas estudiables en el contemporáneo.
De nuevo en Barcelona, trabajé con una formación
de artistas bastante peculiar, se llamaban Los Rinos, ex miembros
de La Fura dels Baus. Con ellos entré en un mundo de arte
total, de mezcla sin pudor de diferentes disciplinas artísticas.
Empecé a fusionar, de una manera muy instintiva, todas las técnicas
aprendidas. Recuerdo que tenía un paso a dos, muy sensual, con
un cerdo vivo...
Después
hice mi primer solo de 20'. Tenía necesidad de expresar lo que
me estaba pasando. Mi intención, cada vez que hago algo nuevo
es avanzar. Creo que los mensajes, o lo que me mueve a crear, siempre
es consecuencia más o menos directa con el momento que estoy
viviendo o alguna situación que me ha marcado recientemente.
- En el caso particular de Bésame el Cactus da la sensación
que nadie podría estar en tu lugar... ¿Cómo abordás
los procesos creativos?
- Cuando tu te lo
guisas, tu te lo comes. Muchas veces te lo produces e incluso, te lo
vendes, se hace tan tuyo que es muy difícil la transmisión
a otra persona, más por un extraño pudor que otra cosa.
Yo creo que todos somos perfectamente sustituibles. En el caso de Bésame
el Cactus, hace tiempo que me hago esa pregunta, pero aún
no me decido...
Encaro los procesos
creativos con mucha ilusión y con un cierto grado de excitación.
Una sensación parecida a cuando emprendes un viaje hacia un lugar
desconocido. Al principio, paso muchas horas encerrada sola en el estudio,
pasando por todas las fases habituales: dudas, retrocesos, depresiones;
todo te parece horrible... Me muevo mucho para encontrar material físico
nuevo, escribo todas las ideas que van apareciendo y van consolidándose.
Posteriormente, van entrando en el proceso todos los colaboradores,
y empezamos a cocinar todos juntos.
- ¿Qué es lo que pretende decir esa mujer de Bésame
el Cactus?
- La pretensión
de esa mujer, esa extraña mujer, es superar su propio miedo,
sus propias angustias a la hora de enfrentarse ante cualquier situación
de la vida. Ante el amor, por supuesto... Da la sensación de
que quizás se aferra con demasiada desesperación al amor.
Ya sabemos que cuanto más miedo tienes, más te atrapas
y las consecuencias de ello no suelen ser muy buenas. El miedo no nos
deja ser libres y sin libertad es difícil caminar tranquilo por
la vida.
- Respecto del clásico y el flamenco, ¿cómo
trabajaste con estos lenguajes? ¿Cómo es eso de bailar
un tango en zapatillas de punta?
- La escena del
"jardín", que es el nombre que le doy al momento del
clásico, la bailo como una secuencia de máximo riesgo
por la problemática de llevar una venda en los ojos. Creo que
nos movemos por el mundo sin ver más allá que lo que tenemos
delante, como ciegos. El hecho de utilizar la técnica clásica
como recurso es algo que apareció de la pura intución.
Las zapatillas de
punta fusionadas con la técnica flamenca es algo que hace tiempo
vengo utilizando. Un buen día sentí la curiosidad de volver
a usarlas. Me empecé a mover, primero utilicé música
disco y luego apareció una bulería que me entusiasmaba
de manera que la intenté bailar con las puntas. Casi me mato,
pero desde ese momento, empezó a salir la esencia de esa extraña
fusión.
Tengo que decir
que es un lenguaje en el que sigo experimentando porque me resulta bastante
delicado. Todas las técnicas aprendidas están ahí,
el cuerpo las tiene retenidas en su memoria física y cuando me
dispongo a moverme van apareciendo , van viniendo.
- ¿Cuáles son tus opiniones sobre el flamenco en la
actualidad? ¿Cómo fue recibida la obra, allí en
España?
- Yo soy una enamorada
del flamenco en todas sus expresiones: cante, baile... En general, tanto
el mundo de los más ortodoxos como el de los menos, me interesa,
y siempre descubro aires nuevos. Me siento más identificada con
personajes del baile, en concreto. Por ejemplo, hay una bailaora que
me encanta y me parece de lo mejorcito: Eva la Yerbabuena...
Ella, siendo una de las grandes, no le vio reparos a lo que yo propongo
con esa forma de acercarme al flamenco... Creo que eso va en gustos,
y en la capacidad de entrar en nuevos lenguajes de cada espectador.
En general la acogida
es sorprendente, pero buena. De hecho, en estos momentos, estoy en contacto
con un bailaor de flamenco para crear una pieza donde él baile
en su especial estilo, y yo con las puntas, en un intento de paso a
dos. Está todo muy tierno y no quiero dar mucha información
por si acaso... Ya sabes, si se habla antes de tiempo de algo que todavía
no está, ¡mal aguero!
Esta
nota fue publicada por la revista "Contratiempo" (Flamenco),
Buenos Aires, Argentina, 2003, en una sección de nuevas tendencias.