Del 6 al 13 de Setiembre
de 2004 se desarrolló en la ciudad de Santa Fe, Argentina,
el Argentino de Teatro, festival organizado por
la Dirección de Cultura de la Universidad Nacional del Litoral
en el que se dieron cita teatristas de distintos puntos del país.
(didascalia escénica) aprovechó la oportunidad
para conversar con los hacedores de dos espectáculos: el
dramaturgo y director de Quinotos al Rhum,
el cordobés Gonzalo Marull; y el equipo rosarino responsable
de Hasta la Exageración (o ir nada más que
hasta el fondo), nos referimos a su directora Romina Mazzadi
Arro y las actrices Elisabet Cunsolo y Bárbara Peters, integrantes
de Hijos de Roche.
El
punto de partida de las conversaciones fue el mismo que tiene este
número de la revista: el texto. También
como en la revista, se trató simplemente de una excusa. Arrancamos
entonces hablando sobre la dramaturgia de Gonzalo, Elisabet y Romina
que habíamos tenido la oportunidad de disfrutar esa misma
noche. Transcribimos a continuación fragmentos de ambas charlas.
Gonzalo
Marull
Esta es la quinta obra que escribo, y cada una tiene una escritura muy
diferente. Siempre estoy en busca del perfeccionamiento de la técnica
de la escritura, a pesar de que la transgredo y voy para miles de lugares.
Mi idea es perfeccionarme en cuanto a la técnica, pero para utilizarla
después acorde al trabajo. En este caso en especial me junté
con unos chicos de Letras que tenían ganas de escribir teatro
y tenían una propuesta muy interesante. Éramos cinco en
el grupo, y cada uno iba a diseñar un personaje, cuatro hombres
y una mujer; mejor dicho, cada uno iba a hacer un boceto. Lo tenía
que regir una letra, una vida. Entones empezamos a trabajar biografías
de personajes y la idea era que, después, cada uno de nosotros
escribiera una obra con esos cinco personajes. Iban a ser obras estéticamente
muy diferentes y también estructuralmente, porque ellos provienen
de las letras.
Nunca habían trabajado en dramaturgia por eso yo les trasmití
lo que sabía de técnica pero, lógicamente, lo que
sucedió es que terminaron siendo muy filosóficas y con
poca acción dramática. Los personajes hablaban y hablaban
y a la hora de llevarlos a escena se complicaba. Pero se lograron cinco
obras donde los cinco personajes, que compartían un nombre y
una biografía particular, estaban en lugares muy diferentes.
El único que pudo terminar el proceso y seguir adelante fui yo
porque provengo del teatro y dirijo mis obras.
No me interesa profundizar mucho ni en el argumento general ni en una
línea de conflictos, prácticamente es anecdótico
el argumento. En la obra los chicos se intoxican pero no es lo principal,
para mí lo principal son las situaciones. Luego pienso en cómo
unirlas porque algunas no tienen nada que ver entre sí, pero
tampoco tiene que ser un disparate caprichoso. Un ejemplo: el año
que murió “El Potro” Rodrigo y lo que eso
generó en Córdoba (mi mamá lloraba y ni
lo conocía). Se dio una situación que me permitió
pensar qué pasa con estos ídolos pops cuando mueren, pero
la intención no es hacer teoría sobre esto sino trabajar
ciertas imágenes, cómo muere el tipo y los otros se paralizan,
por ejemplo.
Otra situación
que me interesó era lo que pasaba en casa cuando alguien venía
a pedir a la puerta...
A mí no me
gusta cuando voy a ver teatro ver lo que ya sé, corroborar lo
que ya sé sino indagar en aspectos de la realidad que tal vez
creo conocer pero que no los tengo tan presentes. No me gusta retratarlos
como hace la televisión, sino indagar en la profundidad del absurdo
cotidiano. Siguiendo con el caso de Quinotos al Rhum recuerdo
que estaban dando en Cinecanal la película Flashdance
y pensé: no puede ser que esa mujer baile así hasta el
final. Me hacía reír mucho, algo que en una época
te emocionaba y ahora causa gracia es una posibilidad de que el público
llegue a diferentes lugares.
Me interesa
cuando puedo lograr que la gente no sepa hacia dónde va la obra,
que parezca que termina pero aparece una mujer y baila, entonces...
¿para dónde va? Es lindo correr ese riesgo.
En este momento estoy buscando en la escritura la perfección
de la técnica, estoy trabajando con fórmulas. Igual en
esta obra no hay fórmulas, no hay una búsqueda que tenga
un principio aristotélico ni mucho menos, se trata de transgredir
un poco eso. Muchos maestros de la dramaturgia me dicen que lo que me
pasa es que apuesto mucho al principio de las obras y después
es difícil redoblar la apuesta, para dónde vas es la pregunta.
En esta obra llegué a la hora, ya no podía seguir más
porque no tengo un argumento. Tiene que ver con eso, con jugar en ese
límite.
Mi primera obra se llama Yo maté a Mozart y
es un trabajo que hice con un grupo de Córdoba, con
los actores en escena, la propuesta venía de la escena, de los
actores. En esta época se le llamaba dramaturgia de actores practicada
por Bartís, por Pompeyo Audivert, etc. Los
actores proponían y yo escribía. La escritura tenía
mucho que ver con la propuesta actoral, ya sea a nivel discursivo o
a nivel estructural porque yo respetaba mucho hacia donde iban ellos
como argumento. Mi primera obra fue, más que nada, trasladar
lo que los actores daban y organizarlo.
Yo provengo
de las luces. Empezé a trabajar en iluminación a los trece
años. Necesitaba trabajar y me metí en una empresa de
luces y así me empezó a gustar la parte teatral. Llegué
a tener mi propia empresa de luces. Era un iluminador raro porque, normalmente,
los técnicos son difíciles. Al entrar en la carrera comprendí
un poco más a todos los directores. Creo que me llamaban mucho
como iluminador por ser una persona bastante comprensiva. El mayor aprendizaje
ha sido ese. En teatro, me parece, la observación es fundamental.
Aprendí mucho pero también estaba encasillado. Eso fue
difícil.
Cuando hice Yo
maté a Mozart un director me asesoró y le gustó
la obra y me preguntó si tenía algo más escrito
y le dije que sí y me puse a escribir otra obra, me la pidió
y la llevó a escena. Fue otro proceso porque no dirigí.
A partir de ahí seguí escribiendo. Descubrí que
mi búsqueda en las luces tenía que ver con mi interés
por la dirección. Por la plástica de la obra. También
me dediqué a escribir con las luces.
Mis obras tiene
un ritmo loco pero con pausas, hay obras que tienen pausas aún
mayores o repeticiones. Trabajo mucho con el flashback. Me encanta introducir
la técnica cinematográfica, tanto en la puesta como en
la escritura. En Yo maté a Mozart el personaje
de la hija más chica no quería comer, entonces sacaban
un grabador y le ponían un cassette que decía: comé,
comé, comé... Estaba el "comé"
como diez minutos. La gente se reía muchísimo al principio
y después pedían que pare. Cuando escuchás muchas
veces seguida una palabra te empieza a sonar de otra forma. Me gusta
eso, mucho ritmo, pausas. Todo cuenta. Más que nada en la dirección,
que es el lugar desde donde trabajo el ritmo de la obra. El trabajo
corporal también cuenta. Ni un naturalista ni un grotesco. En
Quinotos... por momentos uno de los personajes zapatea
que parece un gaucho, por momentos se aleja, sin distanciarse de las
prácticas cotidianas. En otro momento decís: ¡mirá
como camina ese! Me interesa mucho porque me parece que en la vida todos
somos un poco así. A veces el naturalismo parece que es la realidad,
pero en la realidad hay momentos en los que nuestro cuerpo se mueve
distinto.
No indago
tanto en la actuación como en la escritura y la dirección,
aunque cuido cierto detalles como este. No soy un tipo que se dedique
mucho tiempo a un método actoral. Es más, trabajo con
actores que yo no tenga que educar sino que estén formados. Con
algunos ya he trabajado varias veces, pero voy cambiando, no tengo un
grupo estable. Me gustan los actores que están todo el día
trabajando. Yo defiendo eso, quiero prácticamente atletas, trabajo
mucho con el deporte en mi cabeza cuando dirijo. Uno admira a los músicos
o a la danza por eso.
La obra que estrené ahora tuvo dos meses de trabajo intensivo,
también por querer vivir de esto. Hay gente que tiene muchos
problemas, complicados, y yo quiero gente que se dedique y de ahí
luchar todos para el mismo lado.
Entonces trabajamos rápido pero fuerte. Quinotos... se
preparó en dos meses. Son procesos cortos pero intensos. Caso
contrario fue mi primera obra, en la que trabajé un año
y medio con los actores. Fue otra cosa, venía de ellos hacia
mí, así que todo fue más lento. Pero no descarto
ningún tipo de proceso.
Quinotos
al Rhum de Gonzalo Marull
Jueves 9 de setiembre de 2004, Sala Mayor, Teatro Municipal 1°
de Mayo, Santa Fe
Grupo SEGUNDO TRIUNVIRATO
Elenco: Marcelo Arbach, Rubén Gutiérrez, Maximiliano
Gallo, Mariana Tellechea, Dolores Lagos
Vestuario: Consuelo Fernández
Escenografía: Manuel Wayar, Marcelo Arbach
Música: "Uno que pide" (Letra: Arbach-Marull.
Música: Barbieri-Pereyra).
Asistente de dirección: Eugenia Hadandoniou
Dirección: Gonzalo Marull
Hijos
de Roche
Yo vengo trabajando esta obra, Hasta la exageración,
y otra más con textos de los actores. Si no, con adaptaciones.
En definitiva, con textos ajenos y míos: o de autores o de actores.
Antes eran más de autores, ahora estoy viendo que los actores
también escriben y está bueno.
En otra obra
que estoy haciendo, después del proceso, les pido más
claramente a los actores que escriban escenas. Por supuesto que no quedan
todas pero es para ver cómo quieren hablar. El tema lo doy yo.
El disparador, el eje o el formato de la obra, pero después los
textos, los diálogos, los modos de decir es trabajo de todos.
El modo de decir le imprime un ritmo, y el trabajo se empieza a dirigir.
Si lográs que esa palabra aflore, en dramática no en improvisación,
es bárbaro. Yo voy escribiendo algunas cosas, también
entraron un par de escenas que habíamos hecho para otras obras
pero que estaban archivadas. Algunas escenas también las escribimos
para esto, más que nada después de haber aportado el tema.
Por ejemplo, Bárbara (Peters) trajo su monólogo.
Trabajamos en forma estable desde el '98. Pero entra otra gente en los
elencos. Bárbara y Elisabet (Cunsolo) están
desde el principio. Los Hijos de Roche, en un momento,
llegamos a ser trece, aunque no funcionábamos todos paralelamente.
Venimos trabajando en otras cosas, incluso en otros roles. Eso está
bueno porque te permite estar en el lugar de contener y observar.
Volviendo al tema del texto, no empezamos ninguna de las obras a partir
de improvisaciones libres sino desde textos concretos.
Este fue un trabajo de Romina (Mazzadi Arro) y Elisabet,
pero también tuvieron mucho que ver los ensayos, para dónde
ibamos en cada momento. Entonces Romina escribía en
función de nuestro enfoque, según hacia dónde íbamos
nosotras en el trabajo actoral.
Mucho trabajo de mesa no hubo, en realidad, en esta obra no, pero Más
de lo mismo, por ejemplo, está basada en un texto de
Federico García Lorca. Fue un trabajo de adaptaciones
y el punto central era el criterio de actuación. Hicimos una
adaptación en donde el punto de vista está situado en
la boca del actor. Hasta la exageración tiene
un texto chato, lineal, cotidiano. Hay otras producciones que han sido
mucho más herméticas, con una poética. Más
de lo mismo surge totalmente de la poesía, hay un teatro
muy extraño que Lorca escribió, no es el típico
teatro de él, sino que es un texto que escribió en New
York.
Cuando empezamos
con este grupo parecía que estaba mal hacer teatro de texto,
porque lo que importaba era el cuerpo, la acción, el movimiento...
Como punto de arranque el texto no era apropiado. Ahora parece que todos
somos dramaturgos. Parecía que faltaba dramaturgia, había
como una renuncia al texto, al valor de la palabra. De todos modos,
en Hasta la exageración lo que dijo Romina
acerca de que es chato y lineal tiene mucho que ver con su visión
de la realidad.
Somos como escritoras frustradas (risas). Siempre tuve un deseo, una
inquietud muy grande por la palabra. Me gusta la gente que habla bien,
me gusta escucharla y tenía esa sensación de que en el
teatro importaban otras cosas, que era muy difícil encontrar
actores que hablaran bien, estaba todo bien hasta que abrían
la boca. Para mí el desafío es el texto, manejar buenos
textos o regulares, a eso voy, no tiene que ser siempre un Lorca.
Pero lo importante en Hijos de Roche es que los trabajos
tiene que ver con una visión del mundo. Tanto en los textos importantes,
como los de Lorca y Pizarnik, o en los textos de Romina
y de Elisabet, siempre hay una visión personal.
Yo he visto muchos directores que dirigen desde lo que suponen que Lorca
habría pensado en ese momento y Romina jamás
se queda con eso.
El otro día no sé con quién hablábamos y
decíamos para qué haríamos hoy Hamlet,
para qué hoy agarrar un texto cualquiera y, simplemente, reproducirlo
o representarlo. Shakespeare a lo mejor pierde sentido hoy
por hoy... Ya perdió sentido hace cien años la representación,
pero hoy por hoy ya es insoportable y el referente, la televisión,
es increíble, cuando hablan parecen idiotas. Entonces cuando
ponés actores en el teatro y ponés tanta verdad, tanta
cercanía, tanto "tanto" que por eso es tan traumático
el fenómeno teatral y tan poco concurrido, porque es jodido.
En televisión no hay una redacción, redactan como en el
Messenger. No pueden seguir teatro. Es abismal la diferencia. Es demasiado
distinto. Lo que pasa es que la televisión te permite mostrar
y en el teatro uno tiene que significar casi todo, entonces, obviamente,
necesitás destilar cada signo porque son menos. A veces hay diálogos
tan intrascendentes en la televisión que si los pusieras en una
obra de teatro te matan.
El tratamiento de la palabra perdió musicalidad, se aisló.
Aparte hubo una década, del 85 al 95, en la que realmente era
pecado hacer una obra de texto, el punto era mover el cuerpo. Entonces
ahora hay un reencuentro con el texto.
Por eso me parece que esto de los dramaturgos contemporáneos,
en realidad, son directores haciendo hablar a los actores. Es un trabajo
de dirección la dramaturgia contemporánea, me parece.
Nosotros tomamos, con un grupo de la Escuela de Teatro, una
obra de Spregelburd y era una porquería. Yo creo que
él la debe haber hecho hermosa, pero era una basura, y claro,
el tipo la pensó para esos actores pero yo la puse en otros actores
y era horrible. Él la dirigió cuando la escribía,
para esa gente, para ese espacio salió bárbara. Nos pidieron
en Salta Hasta la exageración para
hacerla y pensamos que no iba a funcionar, que podía ser un fiasco.
Pero más allá de eso no son textos tan sólidos
como para que puedan pasar por veinte elencos. No es Hamlet sino
que es un momento. Como Quinotos al Rhum, no se puede
hacer jamás de esa manera, no podés representar a Marull.
Hasta
la exageración (o ir nada más que hasta el fondo)
de Elisabet Cunsolo y Romina Mazzadi Arro
Jueves 9 de setiembre de 2004, Sala Marechal, Teatro Municipal
1° de Mayo, Santa Fe
Grupo HIJOS DE ROCHE
Elenco: Bárbara Peters y Elisabet Cunsolo
Guión: Elisabet Cunsolo y Romina Mazzadi Arro
Asistencia de dirección: Carolina Hall
Asistencia técnica: Lorena Rey
Música original: Esteban Rodríguez
Producción general: Hijos de Roche
Dirección:
Romina Mazzadi Arro